Una llamada…
La misma llamada que recibo habitualmente todas las semanas. Pero hubo un comentario diferente: “A lo tonto ya hace casi un año que estás en Alicante; ya debes de ser uno más” (No, por favor!! Procuraremos evitarlo a toda costa. Arriba el ONCA!!) Pero lo cierto es que sí; ya hace más de 10 meses que vivo aquí. Últimamente me vienen recuerdos y anécdotas de infancia.
El otro día me sorprendí diciendo un “mecajo na cona”. Para aquellos que no lo sepáis es una típica expresión gallega que viene traduciéndose en algo así como “me cago en el coño”. Es una de esas bonitas cosas que me quedarán de mi abuela. Aun recuerdo aquel día que estaba en casa de mí, en otro tiempo, amigo Norato. No sé exactamente que estaríamos haciendo, pues supongo que espadas con palos para darnos de palos (nunca mejor dicho), serrando eucaliptos para construir una cabaña en medio del monte (cabaña que no usaríamos para nada) o cascándonosla en el garaje, yo que sé; las cosas típicas que solíamos hacer. El caso es que apareció mi abuela por allí muy enfadada, no recuerdo muy bien porqué, tampoco era novedad que esa mujer estuviera enfadada; tenía más malas pulgas que el perro. Lo que sí recuerdo perfectamente es cómo bajé la cuesta dando zancadas tan largas como una cría de Ciervo del Agua escapando de un mapache (una larga historia que otro día os contaré). La mujer corría detrás de mí con un bimbio (una vara de mimbre) dando unos latigazos que creo que aun tengo las piernas cruzadas del dolor.
Aquello sí que fue una infancia y no eso que tienen hoy en día los jóvenes: las rodillas peladas, las ostias en los recreos, los insultos a la salida de clase, meadas en grupo desde el alto del campanario, las carreras para evitar matones, robar en el cepillo de la iglesia para hacer merendolas (merienda de gominolas)… que recuerdos. Todavía me parece ver a mi abuela pegándome guantazos en toda la cara día tras día a la hora de comer, y yo erre que erre inventando artimañas para no tragarme el plato del día, bien guardándolo en los bolsillos (que después tenía que huir de los canes que me seguían por mi olor a carne), bien escondiéndolo tras el radiador, tirándolo por la ventana… y mi abuela siempre con el mismo cuento “No ves que hay niños muriéndose de hambre” y yo siempre contestaba lo mismo “a mí no me culpes de una mala distribución económica internacional”.
Y el contacto con la naturaleza ¿dónde tienen eso los niños del presente? que ya no saben ni lo que es el tacto de una vaca, el olor a estiércol, el sabor de una zanahoria recién arrancada de la tierra (lavada previamente en el pilón, claro está). Cómo olvidar el día que encerré a mi abuela en la corte del cerdo. Ella desde dentro gritando “sácame de aquí” y yo acojonado llorando “que no, que me pegas”. Y ese día en que intentando coger un conejo le arranqué el rabo sin querer. Ahí venía otra vez mi abuela “¿Qué coño hace el rabo del conejo detrás del cuenco de cerdo?”; que yo me pregunté “¿Por qué cojones el puñetero cerdo pega esos mordiscos si después le dejo parte de un conejo y no se lo come?”
Recuerdo esos paseos entre las fincas, en medio del monte, hablándome de las cosas que ella hacía cuando era pequeña. Recuerdo llegar con ilusión a casa los viernes después del cole porque ese día era día de compra y siempre me traía gusanitos. Recuerdo cuando llegué empapado porque me había caído de la barca directo al río y me gritaba diciendo que no podía jugar allí porque había ratas. Como mañana tras mañana me despertaba entrando de golpe en el cuarto y diciendo a todo volumen “buenos días” mientras subía la persiana de un golpe dejando entrar la luz. Cómo presumía de mí ante las vecinas invitándome a cantar… los dos en las excursiones del cole, subidos en el escenario cantando “A saia de Carolina ten un lajarto pintado”. Los profesores todos los años me preguntaban “¿Te llevarás a tu abuela para cantarnos, no?”. Le encantaba discutir, sobre todo con mi abuelo. Después de molestarle lo suficiente se giraba y me guiñaba un ojo con picardía. Recuerdo sus risas cuando hacía un espectáculo de los míos.
A pesar de ser San Valentín, no quiero hablar del amor de pareja, ese me limito a disfrutarlo y vivirlo. Quiero dedicarle esta entrada a mi abuela Mirinda, Hermenegilda, Esmeralda… todos esos nombres que tenía, que era tan chula que no podía tener uno solo, porque ella tenía demasiada mala ostia para acapararla en un solo nombre. Pero me gusta como la llamaban cariñosamente la gente cercana: Meri. Estas palabras van para ti abuela Meri. Sé que algo de ti queda dentro de mí; la mala leche jaja. Ahora improvisadamente suena “Knocking on heavens door”, muy apropiado. No puedo evitar llorar, pero es emoción, no es un llanto malo, es un llanto necesario.
Te echaré de menos, abuela. Un beso.

Curioso, Scotty no soportó tu ausencia.