Escúchala al leer, ambientará la historia.
Hoy quiero contaros una historia. Un drama griego que corre el riesgo de perderse en el olvido. Una leyenda de lágrimas que pretende dejar un mensaje para las generaciones venideras.
Exitió en otra época un hombre viajero. Jamás se detenía el tiempo suficiente en un mismo lugar como para echar en falta o añorar. Su mente se centraba en encontrar la joya más hermosa, aquella que superase a todas las demas. Solo el día que fuese dueño del más bello abalorio podría desposar a la joven que desde hacía años había robado su corazón. Una hermosa doncella de cabellos castaños y rostro angelical. Su sonrisa ensombrecía a la más plateada luz de luna, su mirada inundaba de felicidad al más desdichado caballero.
Un día llegó a sus oídos el rumor que hablada de la pieza más valiosa jamás creada, aquella capaz de volver rico al pobre, grande al pequeño y poderoso al débil. Se presentó en el hogar del artesano que la forjó, creyendo que por fin sus días de busqueda habían cesado. Podría volver a besar los tiernos labios de su amada, acariciar su suave piel, exhalar su dulce aroma. Feliz ante aquellos pensamientos llamó a la puerta. Era una noche fria y lluviosa. En cuanto aquel anciano le abrió, en seguida le pidió cobijo al lado de un buen fuego y alimentos que le reconstituyeran. El viejo amablemente así lo hizo y una vez este se hubo recuperado comenzó a hablarle del dichoso adorno.
- Sí, hace semanas cree la más costosa y cara joya jamás hecha, pero no hay hombre vivo en el mundo con el suficiente dinero para pagarla. – Con el permiso del caballero el anciano se ausentó un segundo. Con gesto de satisfacción volvió, llevando consigo un pañuelo doblado. Se acercó al joven y comenzó a desplegarlo. Cual fue la desilusión del hombre al comprobar que aquella no era la pieza que buscaba.
- ¡¿Cómo puede decir eso?! ¡Es de necios considerar que está joya no es la más valiosa del planeta!- El viajero se levantó y abrió la puerta. Se detuvo un segundo, se giró y contestó: – Sin duda es la más cara que jamás unos ojos hayan visto pero no es la que anhelo. Yo deseo la más hermosa, no la más costosa. Está no es digna de mi amada.
Triste ante aquel falso abalorio comenzó a caminar sin a penas percatarse de que se adentraba en un bosque solitario y lúgubre. Algo de pronto atrajo su atención. Una manada de lobos se cernía sobre él dispuesta a usarlo como banquete. Este hizo el amago de espantarlos pero siempre se topaba con uno nuevo a sus espaldas. Cuando ya todo se daba por perdido, una fulgente luz blanca atravesó la hojarasca posándose como resplandeciente espada sobre una piedra que allí se hallaba. Atemorizadas ante aquella mágica presencia, las bestias salieron despavoridas. Solo se quedó el caballero, que todavia incrédulo ante los acontecimientos, se acercó temerosamente a la tosca roca. Una vez de cerca pudo comprobar lo que allí había. Era ella, la que tanto ansiaba, la más hermosa joya entre las joyas. Aquella que se correspondía a la imagen que tantas veces había creado en su mente. Solo esa pieza era la que merecía adornar el cuello de su amada, solo esa y no otra. Se inclinó como si se presenciase ante un emperador, como si mostrase sus máximos respetos. Sus ojos destellaban, emocionado ante tal acontecimiento. Extendió el brazo despacio para posearla pero todos sus sueños se vieron rotos en cuestión de segundos. Su mano se iluminó como si mil luciérnagas se posasen en ella. El viajero abrió las ojos espantado. Todo había sido un falso espejismo, una ilusión. No había tal joya, ni su hermosura, ni los abrazos con su amada, ni su boda con esta. Todo había sido una burda broma para atormentar aun más a un hombre enamorado.
Continuó caminando, siendo sin ser, como ánima, como sombra de luz extinguida. Sus pasos eran huerfanos de padre, sin nadie que les guiase, perdidos y sin rumbo. Hasta que todo hubo terminado. El camino le abandonó y cayó al precipicio sin hacer un triste amago por impedirlo. Ya no tenía sentido evitar lo inevitable. Pudo encontrar la joya que tanto ansiaba, la tuvo en frente y se le escapó, no pudo ser su dueño. No le pertenecía a él y por tanto no le pertenecía a su amada. Y si no podía darle a ella lo que se merecía, él no era digno su amor, ni sus besos, ni sus abrazos…
Así es el amor. Merece la pena vivirlo, disfrutarlo y sufrirlo, pero reza por no encontrar jamás esa figura perfecta que una vez formaste en tu mente; porque si algún día ocurriese y no estuviera destinada para ti, toda tu vida perdería sentido, o por lo menos esa vida relativa al amor. Pues conformarse con algo inferior a esa figura te haría desdichado por siempre y topar algo mejor sería imposible, porque esa figura era tu figura, la que tú un día formaste de la imaginación y resultó ser real, como la joya del viajero; te lo digo porque de esto entiendo, pues yo también soy ese viajero.
Brilliant!